Todo el Mediterráneo ha sido históricamente, y sigue siendo, un gran productor de corcho. Por esa razón, Emiliano López y Mónica Rivera decidieron emplearlo cuando les encargaron dos casas para tres generaciones de una familia en la Costa Brava. Las viviendas están en una zona de alcornoques de Palafrugell, una localidad que tiene incluso un museo dedicado al corcho.

Así, en un solar con gran pendiente entre pinos y alcornoques, los arquitectos buscaron poner a prueba la protección térmica que ofrece el corcho revistiendo las casas que habían construido con madera contralaminada de pino. Totalmente ignífugo, de larguísima duración y con un mantenimiento casi nulo, son ya varios los arquitectos que han investigado el corcho como material sostenible. Durante años lo hizo Patxi Mangado. Lo empleó en la cubierta del Pabellón español de la Expo de Zaragoza. Ahora, López y Rivera han sabido utilizarlo con mano de esteta para convertirlo en un recubrimiento que además de solucionar cuestiones técnicas -como el aislamiento y el mantenimiento- es capaz de evocar múltiples sensaciones apelando a la memoria, la sorpresa y al tacto más que a la vista.

Las planchas de corcho las fabrica en Portugal la empresa Amorim a partir de los restos que quedan con la corteza que se emplea para hacer tapones para botellas de vino. Prensados a alta temperatura y presión, estos restos sueltan su propia resina que funciona como aglomerante de las placas. El interior de estas contiene el hollín del propio corcho que funciona como un bactericida y evita que microorganismos lo colonicen.

Más allá de la alta temperatura, lo que hace que el corcho pueda evitar que el agua y el aire entren en una vivienda es el sistema ideado para utilizarlo a partir de dos capas de corcho solapadas. La primera pegada a la madera estructural -sobre una base muy ligera de hormigón- y la segunda tratada con mortero hidrófugo de cal, que permite que la madera respire. La capa de mortero de cal es la que le da la estanqueidad al agua. Sin ella se podría colar por las juntas.

Por todo eso, esto es una casa que respira. La madera autoregula la humedad del interior absorbiéndola cuando es excesiva y soltándola cuando el ambiente se seca. El corcho permite que la madera respire también por su cara exterior para evitar condensaciones y esa ventilación evita que la propia madera se pudra. ¿La razón? El corcho tiene mayor masa que cualquier otro aislante y por eso mayor inercia térmica que favorece la estabilidad de la temperatura interior.

Más allá del protagonismo del corcho, las casas se posan en el terreno de puntillas. Como otros proyectos de López y Rivera, este trata de interferir lo menos posible en la topografía para conservar la vegetación, potenciarla y acercarse a ella en lugar de mitificarla. Emplear corcho como material constructivo demuestra un entendimiento de cómo funciona la naturaleza.

Fuente: El País

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